lunes, 25 de julio de 2022

"La tradición ignaciana de Guanajuato Capital" | Columna 23 Haciendo Ciudad


El 18 de Julio de 1624 el Cabildo Eclesiástico de Valladolid respondía así a la solicitud presentada por los representantes de Guanajuato
[1]:




Dijeron y votaron, que haciendo como hacen loable estimación de el afecto pío y acuerdo de los vecinos del Real de Santa Fe Minas de Guanajuato aceptan y aprueban la elección que así han hecho de su particular patrón al Gloriosísimo San Ignacio de Loyola, y la promesa y voto jurado de celebrar solemnemente, guardar el día de su natal y fiesta que es el postrero del mes de julio perpetuamente y declaran el dicho voto por firme y nato y obligatorio en general y en particular para todos los vecinos estantes y habitantes presentes y futuros del dicho Real de Santa Fe Minas y ….”

 

El próximo 31 de Julio, como cada año, se celebra una de las tradiciones más añejas de nuestra comunidad. El día de la Cueva, como se le conoce comúnmente, es una fiesta que se lleva a cabo desde hace más de cuatro siglos en nuestra ciudad, con el objetivo de atender y recuperar el juramento de afecto y devoción al santo patrono protector de nuestra población, Ignacio de Loyola.

La festividad del día de las flores (Vírgen de los Dolores), las fiestas de San Juan y Presa de la Olla en conjunto con el día de la Cueva, conforman parte del patrimonio intangible que nos otorga una identidad cultural, un sentido de pertenencia y comunión como integrantes de una misma sociedad.

Desde esta aproximación, Guanajuato es más que un territorio, es un complejo campo socio-cultural que implica una vinculación de intersubjetividades y de intercambios simbólicos que entendemos como nuestros modos y formas de vida.

En lo personal, el que mi ciudad de origen tenga como santo patrón a Ignacio de Loyola resulta de un especial significado dado que gran parte de mi formación está ligada a la educación jesuita que recibí durante años tanto en México como en España y Venezuela.

Uno de mis maestros, el español Carlos G. Valles SJ, me enseñó que todo ser humano es como un caleidoscopio, con sus múltiples ángulos y espejos, figuras y colores. En ese sentido, esta columna es una manera de reconocer y atender dos elementos que en mi coinciden: soy cuevanense y también ignaciano con todo lo que conlleva.

Además de lo que implica la verbena popular en las faldas del cerro de la Bufa, el subir al cerro durante la noche, visitar la cueva, el color y el ambiente; mi manera de atender la celebración del próximo 31 de Julio desde este espacio de #HaciendoCiudad,  es ofrecer una aproximación a los valores y principios que implica la figura de San Ignacio de Loyola: un peregrino con una profunda vocación espiritual que lo llevó a fundar la Compañía de Jesús y a crear el libro de los Ejercicios Espirituales.

Ejercicios Espirituales

Los EE constituyen una guía que incluye oración, intuición, reflexión, acción y comprensión. Es una propuesta para elegir un camino espiritual a través de un ejercicio de silencio, introspección y contemplación, que permite “encontrar a Dios que habita y trabaja en todas las creaturas y en todo lo que acontece”.

Una experiencia personalísima para aquellos que buscan transformar su vida.

Su origen es relevante porque surgen de la inquietud de San Ignacio, que, en su búsqueda de respuestas para comprender el mundo, decide tratar de seguir el camino de Jesús en su peregrinar al desierto. Siendo un noble militar español, mientras defendía la ciudad de Pamplona fue herido de una pierna gravemente, y durante su tiempo de recuperación decide una transformación radical de su modo de vida. Abandona su antiguas creencias y comodidades, para iniciar un peregrinaje que lo conduce a Manresa, donde se retira a una cueva a meditar durante 10 meses. De sus notas, surge un método llamado los Ejercicios Espirituales que los jesuitas han utilizado durante siglos para acompañar y guiar a aquellos que deseen encontrar a Dios y dar sentido a sus vidas.

De ahí que la conmemoración local implique entrar en la cueva y visitar la figura de San Ignacio que se encuentra al interior, en devoción al ejercicio ignaciano de retiro.

Una manera espiritual de celebrar al patrón de Guanajuato en este 2022 podría ser recuperar la pregunta original de los Ejercicios Espirituales: ¿“adonde Señor me queréis llevar”?

 La Compañía de Jesús

El patronazgo de San Ignacio se lo debemos principalmente a los jesuitas que se instalaron en este pueblo en la segunda mitad del siglo XVII.

 Como refiere el cronista de nuestra Ciudad, el Doctor Eduardo Vidaurri[2]:

“Una de sus principales acciones consistió en corregir las conductas antisociales y acabar con las rencillas, los odios y los rencores que provocaban los referidos tumultos y fueron ellos, los jesuitas, quienes con sus prédicas, sermones y actos religiosos, lograron pacificar a los contenciosos”

Por lo que la presencia jesuita en Guanajuato hasta antes de su expulsión de México, fue de tal impacto tanto en lo educativo como en lo social, mejoro las condiciones de vida del pueblo minero, que el consagrar la ciudad a su fundador fue una decisión muy natural.

Dos obras en particular son la mayor manifestación del legado jesuita en nuestra ciudad: el templo de la Compañía y la Universidad de Guanajuato.

 



Magis

El Magis es un concepto ignaciano que me encanta. Del latín, significa más, pero no se trata de estas manifestaciones de ambición desbordada que se presentan como una constante en el mundo. Una propuesta distinta al vivir la vida por la continua búsqueda del poder, la plata y el placer, el Carpe Diem o el “merezco abundancia”.

Desde la mística ignaciana, el Magis implica discernimiento, la búsqueda de otorgar sentido a la vida a través de un propósito superior. Una pedagogía para aprender a ser contemplativos en la acción.

Este más no es de orden cuantitativo sino cualitativo, no tiene que ver con cantidad sino con calidad. No se trata de elegir entre lo bueno y lo malo, que para eso existe la moral; sino de elegir entre varias opciones la mejor, la que más se acerque a una misión, al sentido de plenitud. 

En la espiritualidad ignaciana es vivir “para la mayor gloria de Dios”.

El liderazgo al estilo ignaciano

El liderazgo es asumir una identidad al tope dice Carlos Cardona SJ[3]. Una identidad que se forja en la interacción con otros y que sucede en el escenario de una misión común y da cuenta de un proceder particular. Es la manera en que uno elige ser y actuar en este mundo.

A través de esta perspectiva ignaciana humanista, un líder en el siglo XXI debe integrar cuando menos cuatro componentes, las 4C´s:

 

  1. Compasión: el dejarse afectar o querer afectarse. Captar la realidad, encender las fibras sensibles, contribuir con generosidad a la realización de un proyecto de mundo y sociedad más coincidente con los valores del amor, servicio, justicia y reconciliación. No ser indiferente.
  2. Conciencia: la capacidad de la persona para situarse delante de sí misma, atento a las propias contradicciones, deseoso de acercarse a la realidad circundante de un modo reflexivo y crítico para evaluar las coyunturas y proponer alternativas. También apunta a la relación que se construye con otras personas mediante el aprendizaje, la inspiración mutua y la responsabilidad compartida.
  3. Compromiso: la convicción de que la justicia debe ser la base de toda transformación de las estructuras sociales, donde cada pequeña acción de cuidado del otro y de la casa común permite ser un colaborador de un proyecto para una mejor humanidad.
  4. Competencia: la capacidad de ser competente, de entender el propio proyecto de vida como una verdadera misión. Por tanto, el ejercicio de una autor-idad debe entenderse como un servicio, un acompañamiento mutuo, un estilo de gobierno colegiado y un modelo de corresponsabilidad en la toma y gestión de las decisiones.

 


En alguna ocasión leí “dime dónde vives y te diré quién eres”. La historia, el legado, la riqueza que hay en todos los elementos que definen Guanajuato es impresionante. Ser una ciudad patrimonio implica conocer, preservar y valorar todo aquello que nos hace ser una comunidad única, capaz de aportar algo a la humanidad.

Nuestras tradiciones son nuestra fortaleza, no una camisa de fuerza. En vez de lamentar nuestras diferencias, concentrémonos en lo que nos une y trabajemos por un futuro mejor para todos.

La cultura, la educación, la memoria histórica, también tienen esa función, la de acercarnos a los otros y darnos cuenta hasta qué punto compartimos más cosas de las que creemos.

El carisma ignaciano de Guanajuato Capital puede ser la fuente de inspiración para crear un nuevo modelo de ciudad que nos ayude a recuperar la ilusión, cuestionar nuestras creencias y recalibrar nuestras prioridades. Reconstruirnos como personas y sociedad de una mejor manera.

Existe una historia de San Francisco Xavier que en algún punto buscaba lo mismo que muchos: dinero, fama, títulos, éxito. Pero tuvo un encuentro con Ignacio de Loyola en París y éste le cuestionó: “¿De qué te sirve ganar el mundo si al final pierdes tu alma?”

Estamos ante un momento idóneo para pasar de proyectos individuales a construir proyectos colectivos, más empáticos y ciudadanos.

Guanajuato merece tener un proyecto urbanístico, socio-cultural y político a la altura de su historia y sus habitantes. Las administraciones se van, pero las ciudades se quedan.



[1] Vidaurri, E. (2022), San Ignacio de Loyola y Guanajuato

[2] Ídem

[3] Asociación de Universidades confiadas a la Compañía de Jesús en América Latina AUSJAL (2019). Liderazgo. Ignaciano: nuestro modo de proceder. ITESO


HACIENDO CIUDAD: La tradición ignaciana de Guanajuato Capital 

por Rodrigo Enrique Martínez Nieto | 24 de Julio de 2022

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